Una historia que podría ser la tuya

Texto de Maira González Baudouin, consultora de comunicación en Cuadrante

Había una vez, una niña que vivía en una casita junto con su hermano y sus padres. Era feliz. Le encantaban los cuentos -leerlos o inventarlos-, las caricias de su mamá, el espagueti y también los Thundercats. No era muy buena andando en bici, pero eso sí: siempre fue niña de diez. Estuvo en la escolta de la primaria, la secundaria y la preparatoria. Y por supuesto: se graduó con honores.

La niña comenzó a crecer. La pubertad no le resulta sencilla a nadie y la adolescencia menos. Los cambios corporales, las hormonas, el querer pertenecer, la presión social, el no saber si quieres o no ser adulto…en fin.

En algún momento la chavita de esta historia comenzó a sentir una tristeza indescriptible, a llorar por las mañanas, por las tardes y por las noches sin una razón clara. Sus padres preocupados querían saber la razón de tan inmensa tristeza. Pero, ¿cómo les iba a responder si ni ella lo sabía?

Depresión

Cuando cumplió quince años, el río de tristeza se transformó en un océano y comenzó a sentir un vacío. A veces en el corazón, a veces en la panza. Era tan grande el vacío que sentía, que un día decidió que era mejor desaparecer, borrarse, quedarse dormida para siempre.

Por cosas de la vida y su nulo conocimiento en farmacología: su intento falló. Eso sí. No sería el último. Sus padres la llevarían a neurólogos, psicólogos y psiquiatras. Alguno mencionó depresión, pero también la tacharon de berrinchuda, manipuladora y de querer llamar la atención.

La tristeza se iba por temporadas y ella parecía ser una chica más, pero de la nada… como un nubarrón en el día más soleado, la tristeza volvía para cernirse sobre ella.

Aún no existía internet ni San Google. La información al alcance de su familia era poquísima y tenían que confiar en el médico en turno, que lo mismo les decía que era un caso perdido o que acabaría por quitarse la vida. Les aconsejaron bajar todas sus expectativas (e inversión) en ella, que todo era actuación (¡se hubiera ganado un Oscar!), que le tenían que hacer un electroencefalograma o una tomografía porque seguro tenía un tumor en la cabeza.

Así continuó su vida. Meses buenos, meses malos y algunos peores. La tensión con sus padres y su hermano fue incrementando. Se sentía sola e incomprendida… ellos… también. Un par de veces más intentó quedarse dormida y no despertar ya. Sus amigos le echaban en cara, ¿por qué estás tan triste si lo tienes todo? Educación de primer nivel, una familia- que a su forma- la amaba, un buen grupo de amigos, intereses y hasta un novio. Pero… la nube regresaba.

Quien sabe en qué momento perdió la cuenta de cuantos doctores había visitado, le mandaron medicamentos que la adormecían o la hinchaban. Nunca un diagnóstico claro. El colmo: un “renombrado” neurólogo con solo verla y hacerle tres preguntas, determinó que sufría de trastorno bipolar. Comenzó un tratamiento con litio. Probablemente no lo sepan, pero si bien se ha comprobado que el litio ayuda a diversos padecimientos psiquiátricos, también tiene un nivel tóxico para la sangre que sin una supervisión médica adecuada puede acarrear problemas como insuficiencia renal o severo daño al hígado.

Comenzó a hacerse daño de diversas formas. No lo sé, pero yo supongo que, ante sus fallidos intentos por quitarse la vida, decidió -de forma consciente o no- que, si no se la podía quitar de un solo golpe, se la iría quitando de a pedacitos. Esto llevó a su familia y amigos al enojo total y a la mayor desesperación. Le pidieron de todas las formas posibles que se detuviera, pero ella no podía. Desconozco si seguía un plan bien trazado o iba improvisando… pero se ponía en situaciones riesgosas y continuaba haciéndose daño.

Desde fuera parecía que llevaba una doble vida. Para entonces había comenzado a trabajar y ante los ojos de mucha gente lo tenía todo o algo cercano a eso: talento, juventud, inteligencia.

Su otra vida estaba llena de tristeza, vacío, riesgos innecesarios y conductas autodestructivas. Creo que soy de las muy pocas personas que supieron de esa “doble” vida y aunque ella quería parar: ¡no podía!

¿Cómo acabó esta historia?

En esta ocasión dejo un final abierto:

 Opción a) logró recibir el tratamiento adecuado.

El médico y terapeuta indicados pudieron orientarla a manejar su enfermedad. Lleva su tratamiento al pie de la letra y sabe qué hacer cuando el cielo se le comienza a poner un poco gris. Se ha armado de una buena caja de herramientas para salir avante en esas circunstancias. No siente más que lleva una doble vida, es una sola y tiene un padecimiento mental como otras personas tienen enfermedades cardiacas, por ello intenta evitar aquellas situaciones que le pudieran amplificar su malestar. Es más ahora en pandemia fue tan responsable que desde el inicio del confinamiento se aseguró de tener su medicamento a la mano, meditar y buscar a su terapeuta cuando lo requiere.

Opción b) después de tantos intentos, lo consiguió.

Ella desapareció. De nada valieron todas las terapias, los medicamentos, la acupuntura, los chamanes y demás terapias alternativas. Así pasó los últimos 15 años de su vida… a ratos bien pero casi siempre mal. Su familia quedó también impregnada de un dolor tremendo; a veces piensan que hicieron todo por ayudarla, pero ella nunca quiso y otras se sienten abatidos y culpables porque creen que pudieron hacer más por ella y no supieron cómo.

Hablemos de salud mental sin tabúes

Así como ésta, hay miles de historias. Los padecimientos mentales son una realidad. Su origen, su temporalidad, sus disparadores varían unos de otros y las causas también. Los psiquiatras y terapeutas buscan respuestas y a veces prueban un medicamento y luego otro porque lo que funciona con un paciente no funciona con otro.

Los padecimientos mentales son como cualquier otro: merman la capacidad física y emocional de las personas que las sufren y de sus familiares. Sin embargo, sigue habiendo un enorme tabú en torno a ellas. No es lo mismo decir: tengo hipertensión a tengo depresión, no es igual decir padezco diabetes a decir que padezco esquizofrenia.

En México, la Encuesta Nacional de Enfermedades Epidemiológicas y Psiquiátricas del Instituto Nacional de Psiquiatría indica que alrededor del 16% de la población padece un trastorno mental.

A nivel regional en América, aproximadamente 7 de cada 10 adultos que tienen un trastorno mental no recibe tratamiento en servicios de salud.

Contar con información clara, oportuna y al alcance de la mano, puede salvar vidas. Dejar de estigmatizar y hablar de este tipo de trastornos no puede más que traer beneficios; pedir ayuda también salva vidas.

Lo que no se nombra no existe, y las enfermedades mentales existen. Hablemos de ellas sin prejuicios, quizá quien menos lo imagines está sufriendo en silencio y solo necesita que alguien le tienda una mano.

Tal vez esa persona sea familiar tuyo, un amigo…o hasta tú.

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