En defensa de las antologías poéticas

Colaboración de Leo Nájera consultor de Cuadrante Estrategia y Comunicación para el periódico El Economista

Concluida la FIL del Palacio de Minería, que este año se realizó de manera 100% virtual con algunos foros para promover la lectura, sobre todo la lectura en voz alta, queda el motivo para reflexionar sobre el presente (y futuro) de los libros, ahora que los lectores están -en su mayoría- encerrados en casa y con poca posibilidad de salir a bibliotecas o librerías.

Los hábitos de lectura, al igual que todos los rituales cotidianos, han cambiado con la pandemia. Han ganado terreno las páginas que se hojean en las pantallas. Ya desde mediados del año pasado, El Economista informaba que Bookmate, la plataforma de suscripción de libros electrónicos, advertía de un incremento del 50% en el tiempo de lectura de sus usuarios en América Latina derivado del confinamiento. Los contenidos más leídos son novelas y algunos textos de no ficción.

¿En dónde quedó la poesía? Es quizás momento de salir en defensa de los poemarios, del placer de recitar poemas, como lectura perfecta para el encierro. No han faltado autores mexicanos que han emprendido con éxito buenas compilaciones. Dos buenas razones para disfrutar, hoy más que nunca, de este tipo de volúmenes son: primero, los poemarios no tienen principio ni fin: el lector puede abrir al azar una página y disfrutar de un poema, sin orden, sin prisa. Segundo: se prestan a la lectura en voz alta, la vocación natural de los versos, pero sobre todo a la relectura; no están llamados a ser aventura de una ocasión.

Para ilustrar estas razones, vale la pena abrir las páginas de una antología. Viene a la mente Ómnibus de poesía mexicana, de Gabriel Zaid, volumen salido de la imprenta de Siglo Veintiuno Editores en el convulso 1971, y que este año celebra su 50 aniversario. Retomando el primer punto, la poesía como una lectura inagotable, basta con barajear sus casi 700 páginas, que abarcan múltiples estilos y obsesiones de autores, para darse cuenta de que hacer una lectura lineal, como si se tratara de un relato, no es el mejor camino para recorrer los más de 5 siglos de poesía que abarca este libro.

En esta compilación desfilan desde coplas, rimas y trabalenguas de la tradición oral, pasando por poemas esenciales de la literatura prehispánica, hasta los Contemporáneos, que estaban activos cuando el autor lo publicó. Resulta interesante que “Bésame mucho” de Consuelo Velázquez figure como un poema, y, ¿por qué no?, también los letreros de camiones (En cada viaje un amor… tiguador) e incluso las consignas que se proclamaron en el entonces reciente 1968.

Se aprecia que el compilador haya gozado de buen tino al sumar, por ejemplo, los haikús y los poemas visuales de José Juan Tablada, así como algunos nocturnos de Xavier Villaurrutia. Y quizás quepa el reproche por solo destinar una página a poetas como Gilberto Owen o Concha Urquiza. Dicho sea de paso, no le vendría mal una nueva edición con lápiz de corrector en mano, sobre todo por algunas fechas que hace falta actualizar, y que se incluya a alguna mujer poeta en la portada, por ejemplo: ¡Sor Juana!

En lo que respecta al segundo punto, la antología incluye fragmentos bien elegidos de poemas que son imposibles de leer en silencio: “Idilio Salvaje” de Manuel José Othón, “Muerte sin fin” de José Gorostiza y algunos versos de Carlos Pellicer con gran musicalidad. Es obvio que éste último atributo fue criterio central en la selección del autor, quien define en la introducción a su obra como una “antología de lector”, guiada por el placer único de leer, sin deberle nada ni al canon ni al rigor de enciclopedia.

El placer de la lectura en voz alta puede ser esa tabla de salvación en medio de la contingencia, porque es quizás allí donde el lector conecta a un tiempo consigo mismo, con la intimidad de su voz y su ser, con la emoción al rojo vivo, y eso siempre ayuda a reconciliarse con la vida en estos tiempos tan inestables.

Apostilla

El pasado 22 de febrero murió a los 101 años el poeta y editor norteamericano Lawrence Ferlinghetti, considerado como ‘el último Beat’, la generación que abrió nuevos caminos a la literatura de ese país. El autor fue más allá de sus coetáneos para buscar una poesía más personal, incluso con ecos del budismo zen del que era practicante. Una semana antes de la noticia de su deceso, este redactor había recibido por Amazon una copia de su poemario A Coney Island of the mind, coincidencia que refuerza los puntos expuestos y como invitación al lector para seguirse descubriendo en el arte de los versos.

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