Carmelita y la Comunicación Pegajosa

Por Fernando González Climent, socio director de Cuadrante

A finales de 2018, muy discretamente en el desfile de los nuevos formatos, detrás de los GIFs, los memes y los emojis, llegaron los stickers. Su adopción e influencia fue inmediata, contundente. Actualmente los stickers reemplazan a las palabras en fragmentos de nuestra conversación cada vez más grandes.

Es cuestión de tiempo.

Durante siglos las letras fueron suficiente para documentar nuestra civilización y también expresar cualquier cosa.

Su belleza es precisamente que nos permiten hacer cosas con palabras. Detallar desde las emociones más sublimes hasta las sensaciones más horrendas; detonar acciones y reacciones.  La palabra escrita aún ofrece la conexión más íntima entre emisor y receptor.  Permite matices infinitos y cada quién reinterpreta las mismas palabras según su experiencia de vida.

El tema es que las letras y las palabras necesitan tiempo, esa divisa irrecuperable, crecientemente incompatible con la velocidad e intensidad con que comunicamos actualmente.  No extraña que todos busquemos ahorrar tiempo, aunque esa es solo una de las razones por las que nos encantan los stickers.

Regreso a los íconos

Reza la sabiduría popular que “dice más una imagen que mil palabras”. Aún así yo nunca imaginé contemplar cómo el Ser humano regresó a una comunicación basada en íconos.

En primaria aprendimos que el uso de íconos en la comunicación humana es incluso anterior al nacimiento y proliferación del alfabeto. Desde los jeroglíficos egipcios que datan de unos 3,200 años antes de nuestra era, el hombre utiliza imágenes para representar cosas, conceptos y sensaciones. Históricamente conceptos como “baños”, “no fumar” y “elevadores” probablemente se iconicen más de lo que se escriben.

Pedro Sola Jeroglíficos

El surgimiento de los primeros alfabetos fonéticos en Medio Oriente, unos mil años antes de nuestra era, desplazó a la iconografía hacia funciones de señalización y fue en el reino de las letras donde vivió la correspondencia humana durante unos veinte siglos.

Cuando adoptamos dispositivos móviles con procesadores más potentes y pantallas táctiles de alta resolución, adquirimos también la posibilidad de incorporar nuevos elementos gráficos y audiovisuales a nuestra narrativa. Rápidamente aprendimos cómo mezclar indistintamente cada elemento al torrente, de tal forma que hoy entendemos cómo atender nuestros diálogos con un cóctel de palabras, imagen y video.

Comunicación pegajosa

Muchas emociones que emanaban exclusivamente del tecleo hoy las surte empaquetadas Carmelita Salinas secándose una lágrima con la leyenda “Ni pedo, la vida sigue”; O Elmo en llamas; O el Perrote MayorMcRespuesta con imagen y risas de postre, papas y refresco grande.

En Cuadrante nos encantan los stickers. Disfrutamos surfear la ola de todo lo que venga, para conocerlo e incorporarlo a nuestra propia narrativa o bien desecharlo con conocimiento de causa.  Al igual que muchos de mis colegas, yo incluso recorto y comparto mis propias estampitas por ciberdoquier.  Confieso que incluso encuentro placer en sorprender con stickers a personas que esperarían de mí un tono más formal.

Coleccionarlas, compartirlas y disfrutarlas es compatible con la curiosidad para entender su impacto entre nosotros y levantar la mano sobre sus posibles efectos.

Verbo mata carita.

O en otras palabas: Incluso Carmelita necesita algún tipo de guion.

Más allá de TikTok y la pandemia, los contenidos aún comienzan por escribirse por una sencilla razón: El ejercicio de escribir nos permite ordenar nuestro propio pensamiento y ser los primeros en escuchar la historia que queremos contarle al mundo.

Las palabras dependen de sí mismas; de cómo cada quién consiga malearlas dentro de su propio universo alfabético. Como la huella digital pertenecen exclusivamente a quien las escribe.

En cambio los nuevos formatos de conversación digital suelen requerir de alguna referencia o asociación secundaria.  Nuestro cerebro es lo suficientemente veloz para hacer esa conexión, pero decodificar cada sticker necesariamente depende de un segundo referente: Una novela o película, un noticiero, un video que se viralizó.  Sin ese pivote mental la efigie de Carmelita con su pañuelo haría poco sentido.

Y aunque verbo mate carita sí convendría analizar cómo crecerá la influencia de aquellos generadores de contenido a que nos deberemos referir más cada día, para descifrar y participar de la conversación.

Opinar versus suscribir.

La transición a una comunicación basada en gráficos digitales también redefine la perspectiva desde la que comunicamos: nos lleva de la opinión a la suscripción. El receptor entiende la palabra escrita del emisor como inseparable de este último. Al utilizar stickers ponemos una barrera que permite comunicarnos sin omitir una opinión.

El amor toma tiempo.

Serán los futuros sociólogos y antropólogos del mundo quienes den cuenta de las consecuencias de estos nuevos paradigmas digitales.  Mientras tanto disfrutemos de nuestro affaire con la comunicación pegajosa.  Recordemos también que la palabra escrita mantiene el monopolio para crear imágenes de la nada, en la mente de quien nos lee.

Más que el mero proceso para decodificar cada signo fonéticamente y en el orden correcto, el uso de la palabra es precisamente ese conjunto de habilidades que algunos desarrollan para encarnar las letras: para sufrir, gozar y aprender de ellas. Para hacer suya la escritura y recorrerla palmo a palmo; encenderla hasta su máximo nivel, a base de ganas, con rigor, respeto y repetición.  La práctica hace al monje.

Enamorarse de las letras es un gusto adquirido. Conlleva lectura, prueba y error, frustración y paciencia, mucho lápiz, aun más goma. Necesita ritmo, silencios y pausas que no se aprenden de un día para el otro.  Como sucede con todos los amores duraderos, el uso de la palabra implica sacrificio y esfuerzo, aunque al final ese amor siempre nos entregue la mayor recompensa.

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