“Con un bacanal ranchero”: Se busca a poeta desaparecido

Colaboración especial de Leonardo Nájera, consultor en Cuadrante para el periódico el Economista.

Frente a la cámara, una tarotista echa las cartas sobre la mesa y predice que en el poema “Arcano cero” de Samuel Noyola hay una pista sobre la ubicación del autor, desaparecido en 2008. En él, se leen algunos versos que parecieran dejar ver el rastro del poeta, nacido en Monterrey en 1964 o 1965, como estos: “Nunca me siento solo en el oleaje de la escritura / Nadar quiere mi alma hacia la otra orilla”. Al mismo tiempo, en algunas escenas se le presenta como un incendio en el desierto.

Éstas son parte de las imágenes que componen Vaquero del mediodía de Diego Enrique Osorno, documental estrenado hace unas semanas que sigue de cerca a quienes estuvieron presentes en algún momento de la vida de Noyola, pero sobre todo a quienes lo recuerdan con cariño o gratitud, como Eduardo Antonio Parra, Francisco Hernández o Rogelio Cuéllar. Una búsqueda que en ocasiones se torna detectivesca y casi forense. De hecho, el director ha empujado investigaciones de las autoridades y peritajes en fosas clandestinas, en busca de sus restos.

La utilización de recursos propios del reportaje de investigación se conjuga con la calidez narrativa y la versatilidad de estilos del cine documental, en un trabajo que deja claro que el (buen) periodismo es el arte de contar una historia desde las tripas de los sucesos, desenterrando remembranzas y dando voz a quien estuvo ahí. Muchas de estas voces, a lo largo de la película, son femeninas: mujeres que fueron sus novias, romances o amigas, y que coinciden en que se trataba de un verdadero poeta. Una de ellas, Marcela Guerra, incluso recita un poema que el autor de “Tequila con calavera” le dedicó, donde la compara con la Gran Esfinge de Egipto.

Mario Santiago Papasquiaro, poeta infrarrealista que tiene muchos paralelismos con el escritor desaparecido, llamó a Noyola “vaquero del mediodía” en una cita a las doce del día en el café La Habana, uno de los lugares donde nació ese movimiento literario. De niño, el autor regiomontano padeció una complicada vida familiar que se agravó tras el abandono de su padre. En su temprana juventud, se unió a las milicias sandinistas de Nicaragua. Fue en ese país, asegura el escritor Julio Valle desde una Managua nostálgica, donde el vaquero se hizo poeta, “pero cayó en las manos de Octavio Paz”.

Recientemente, lo más comentado sobre Noyola es la relación cercana que tuvo con el Premio Nobel mexicano, quien lo consideró “el poeta más inspirado de su generación”. Algunos de quienes lo conocieron coinciden en que estuvo “tocado por los dioses” en ese sentido, aunque hay quienes afirman que justo eso le acarreó a Noyola rencores entre escritores y, por supuesto, enemigos.

Un aspecto muy personal son los muchos guiños a Roberto Bolaño, que se aprecian desde el propio logo y nombre de la productora de la película, Detective, pasando por la botella de mezcal “Los suicidas” (todo un homenaje a Los detectives salvajes, su novela más célebre), que entrevistados y entrevistador comparten en algunas tomas. El propio motor de la cinta, el afán romántico y casi obsesivo por encontrar a un poeta de culto, perdido en la clandestinidad de su propia existencia, fue uno de los temas más recurrentes del escritor chileno-mexicano-español.

Desde su juventud, Noyola sobresalió por su brillantez intelectual y por ser un alma libre, repleta de humor ácido; adicto a la tertulia y a la bebida, gustaba de aparecer en fotos y videotapes, lo mismo en paseos nocturnos que empapado en una fuente de la Condesa, proclamando que quiere que lo recuerden mucho y se rían de él. Estos videos se entrelazan con secuencias que denotan el buen lente del director, como la entrevista a una prostituta y posterior travelling por la zona roja de Monterrey; el testimonio de su hermano mayor, quien se quiebra al leer un soneto escrito para él; o anécdotas como la de “Memo Peyotero”, escultor que cuenta que Noyola durmió un tiempo en la entrada del salón de baile “La Maraka” y un tiempo en una camioneta.

En medio de un impulso por hacer cada vez mejor cine documental mexicano, se agradecen las propuestas que abordan nuevos temas, con personajes de la vida real, sin filtro, que permiten contar la historia de quienes merecen ser recordados, como es el caso de Samuel Noyola, del que nadie ha sabido nada en más de una década, y cuyo legado comienza a emerger del olvido, gracias a quienes buscan que siga escuchándose la voz de un poeta que parecía de otra era.

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