Con el NAIM viene (otro) gran reto de imagen para AMLO.

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Foto: Tomada de Internet

Texto de Rubén Ortega Ángeles

Los gobiernos, como otras instituciones, dependen en mucho de símbolos, golpes de imagen, para consolidar o socavar su prestigio y popularidad. Eso, Andrés Manuel López y su equipo lo saben y lo han aplicado muy bien por años.

Tras su aplastante victoria, sin embargo, con el asunto del NAIM podría estarse gestando un revés que les costaría mucho en materia de imagen, precisamente por el peso de los símbolos en la política.

Vayamos al futuro por un rato e imaginemos que la consulta sobre el nuevo aeropuerto de México concluye con una mayoría señalando que el NAIM no va, que la opción debe ser Santa Lucía. La de por sí muy cuestionada herramienta de “democracia participativa” traería con este resultado no pocas y no tan ecuánimes reacciones políticas, económicas y sociales.

Pues además de todos esos efectos, que son ya todo un reto, hay uno que por las señales que dan, los estrategas del nuevo gobierno responsables de este tema parecen no haber dimensionado aún:  el impacto que dejará en el país y en la comunidad internacional esta obra colosal inconclusa, abandonada.

Una obra que empezaría a oxidarse y derruirse con el inicio y el avance del sexenio lopezobradorista, sin que el proyecto de Santa Lucía ­–del que hay muy poca claridad sobre su desarrollo y tiempos– tenga para cuando arrancar y agarrar forma.

Qué símbolo tan demoledor para la imagen de una administración que inicia, que necesita dar muestra de resultados rápidos (quick wins) y que por el contrario,  estaría regalando a sus no pocos detractores la imagen perfecta para ilustrar los argumentos del cambio fallido, de la transformación malograda.

La imagen pesa tanto como el desempeño político.

Esta no es una reflexión política ni partisana. Es claro que da, y mucho, para ello, pero de eso se ocupan ya múltiples especialistas y opinadores. Lo cierto es que, además de definir cómo se defendería la pérdida de los 120 mil mdp que, según el Grupo Aeroportuario de México costaría la cancelación, AMLO y sus asesores deben pensar cómo manejarían el peso simbólico de esa obra negra.  En este sentido, es un desafío de comunicación.

Esta labor, por cierto, no es nada sencilla, ni política, ni económicamente, ni en términos de imagen. Y es que versiones hay muchas pero nada claro sobre qué se haría con el proyecto a suspender.  ¿Se destruye lo ya avanzado, tirando aún más tiempo, dinero y esfuerzo? ¿Se deja como está, reforzando su simbolismo negativo? ¿Se regenera la zona lacustre para que las aguas cubran la obra y su simbolismo?

Por otro lado,  si la decisión popular (sic), es que se vaya adelante con el NAIM, cómo se van a canalizar las animadversiones generadas por los propios morenistas en torno a éste y las muchas expectativas ya generadas en diversos grupos respecto a Santa Lucía. ¿Se les va a dejar colgados con riesgo de que por ese lado también surjan protestas sonoras? Aún en ese escenario,  la tarea comunicacional y de imagen también parece complicada.

¿Y ustedes, que harían?

¿Y entonces, qué recomiendan los especialistas en comunicación? Preguntarán justificadamente algunos. En mi opinión, aplica lo mismo que en cualquier reto de esta índole: revisar el objetivo de fondo que se persigue y con base en ello definir prioridades estratégicas, los márgenes de acción y los factores de éxito, sin perder de vista los costos y riesgos que se asumen en el proceso.

En otras palabras, no hay estrategia de comunicación que solucione retos políticos o de cualquier naturaleza, si no se tiene claro lo que se quiere lograr y los elementos, márgenes y barreras que se tiene para ello.

Sencillo no es, pero ese es el tipo de retos que vienen con el ejercicio del poder por el que lucharon por años. Y helos ahí. Pero más complicado será si para empezar el objetivo de fondo se diluye o se mezcla con presiones o intenciones poco claras que se hayan adquirido en el camino.

Hay quien piensa que la consulta sobre el NAIM es en realidad un camino para validar a través de una presunta decisión popular la continuidad del proyecto actual, en contra de lo que se prometió en campaña. Es muy probable, pues simpaticemos o no con el presidente electo, no podemos regatearle sus dotes de estratega político y de comunicador.

Lo cierto es que el reto en que se metió con el NAIM puede ser decisivo en términos de imagen para el resto de su sexenio. En ese tema, Andrés Manuel y su equipo se están jugando, entre otras cosas, el apropiarse de lo que fue concebido como emblema de la modernización peñista, pero convertido en símbolo de una transformación morenista que se deseca, como las aguas en el ex lago de Texcoco.

Habrá que prestar mucha atención. Si logran darle la vuelta a eso, conservarán y harán crecer el capital político y de imagen que tanta falta les hará en el camino que apenas empiezan a recorrer.

Rubén Ortega es Socio Director en Cuadrante, Estrategia y Comunicación SC.

@RubenOA

 

El contenido mostrado es responsabilidad del autor y no necesariamente refleja el punto de vista de Cuadrante Estrategia y Comunicación.

 

 

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